José Alfredo Pareja “Pepe” nació en Olavarría el 19 de marzo de 1950. Sus padres eligieron ese nombre por San José, el patrono de su natalicio y del nombre que lleva la iglesia céntrica de la ciudad.

Siempre tuvo muchos amigos, lo recuerdan alegre, simpático y conversador. De chico solía compartir las tardes jugando con sus hermanos en el tradicional Club Estudiantes de Olavarría.

Desde pequeño demostró sus virtudes siendo buen estudiante y  deportista,

Jugaba al fútbol, al tenis y al básquet. Este último,  en el equipo del Club y del colegio . Por jugar de 9 y su habilidad, en el último año del secundario comenzaron a apodarlo el “Tanque” Pareja, en alusión al legendario Alfredo Rojas, jugador de Boca Juniors.

Al terminar sus estudios secundarios en el Colegio Nacional, Pepe decidió ir a estudiar Geología a La Plata en 1969. Allí cursó y conoció la vida universitaria, cosecho  amigos y compañeros nuevos.

Cuentan sus hermanos que hacia el final de ese año José realizó un viaje de estudio de la carrera a Salta y Jujuy a buscar distintos tipos de piedras en cuevas. Cuando volvió decidió que su vida tenía otro camino: “No puedo estar toda mi vida metido adentro de una cueva, yo quiero estar con gente, hablar y ayudarlas ” le dijo a su familia.

Al año siguiente decide comenzar la carrera de Abogacía y  su hermano Gabriel llega a la ciudad para vivir con él. Se hospedaban en una pensión administrada por sacerdotes ubicada en 19 y 44 junto a Carlos “Titín” Torres, oriundo de Sierras Bayas y Fernando Di Marco.

Mientras estudiaba, se sumó a militar al peronismo, en la Federación Universitaria para la Revolución Nacional (FURN) y luego en la Juventud Universitaria Peronista (JUP) donde compartió su militancia junto a Juan  “Johnnie” Ennis, Carlos “El Loco” Bettini y el futuro presidente Néstor Carlos Kirchner.

Recuerda su amigo Johnnie que se juntaban a leer y discutir las columnas económicas del diario Clarín, que en aquella época tenía una línea editorial desarrollista y mucha información. A ellos no les gustaba el pensamiento de Milton Friedman y la Cátedra de Economía Política de la Facultad, lo veneraba. Comenzaron a romper con el esquema autoritario en las aulas, y se animaban a levantar la mano y preguntar en voz alta por los planes quinquenales de Perón y el plan trienal vigente, cosa impensada para la época. Los profesores no estaban acostumbrados a que los estudiantes cuestionen y propongan temas.

Al terminar sus estudios en 1975, Pepe tuvo que hacer el Servicio Militar Obligatorio en Toay, La Pampa. Allí pasó un año, en el que terminó como Aspirante a Oficial de Reserva, por sus aptitudes intelectuales y físicas.

Al terminar su estadía allí, a finales de 1976 volvió a Olavarría a trabajar y establecerse.

La última noche que fue visto, Pepe estaba en la casa de su hermana María Rosa. Llevaba el título de abogado para mostrárselo. Compartieron la cena junto a unos amigos,  pensaban  ir juntos a un boliche a bailar. Pepe salió en el auto, iba a arreglarse y volvía a buscarlos . Esperaron en vano.Esa fue la última vez que lo vieron.

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 MEMORIA DE ELEFANTE.

Salí a la calle. Necesitaba tomar aire. Me han dicho que mi casa va a tener nuevos habitantes.

La casa está en una esquina. Los autos pasan velozmente por la calle Lavalle. Hay ruido de transito, antes había rumor de pájaros.

Miro las baldosas amarillas medio levantadas por las raíces del árbol. Miro la placa grabada en el piso. Vuelvo a leer, como tantas veces: “José Alfredo Pareja (Pepe) Abogado. Secuestrado el 12/03/77. Estas calles atesoran tus pasos, tus juegos, tus risas y tus sueños de juventud. Nunca te olvidaremos”.

Miro el viejo árbol. Sigue de pie. Herido por las  talas, pero de pie. Da sombra en verano. Esa sombra esquiva en las veredas de Olavarría.  En otoño antes de que caigan las hojas  da unas chauchas. Nosotros las juntábamos para jugar.

Hoy no veo chicos jugando. Nosotros crecimos, nos fuimos.  Nuestros viejos también se fueron.

Es un otoño que parece verano. Camino por la calle Vélez Sarsfield. Miro las casas. Algunas están igual, a otras la reciclaron. Los vecinos han cambiado las baldosas por otras de distinto tipo. Las veredas ya no son  amarillas. Miro, pienso, es bonito, no tiene que ser todo igual. Paso por el molino La Clara y cruzo la avenida Brown.

El municipio colocó un bloque de dolomita con una inscripción”Parque Bicentenario, Senador Oscar Lara”. Le cambiaron el nombre. Miro hacia la derecha, unos artistas están tallando un gran tronco del eucalipto que la última crecida derribó. Camino por el sendero. Pienso en mi infancia. En mi hermano mayor cuando me traía con él a  pescar.  Miró hacia adelante. Como es la tardecita el sol me encandila. Ilumina todo.  El puente Lucio Florinda, los árboles, el Monumento de Malvinas,  el arroyo, y el monumento principal, el de San Martín señalando lejos a Los Andes.

Hay mucha gente en  todo el parque.  Mis recuerdos son de una plaza  de pedregullo, amplia, vacía. Todo me parecía inmenso. En un costado había mástiles. Mamá me explicó que eran para poner banderas de distintos países. No me acuerdo de las banderas, pero sí del sonido de los mástiles. En el silencio del lugar se oía el tintineo de las  drizas contra los caños de los mástiles. El viento los mecía sin cesar. Yo cerraba los ojos y escuchaba.

Pasan unas chicas trotando. Atrás un hombre paseando un caniche. Varias familias con reposeras, equipos de mate y perros.

Me acerco al arroyo. Siempre igual, siempre distinto. El lugar era más agreste, había mucha vegetación y árboles  grandes con ramas que se dejaban arrastrar por la corriente.

Aprendí a nadar en este arroyo. Miro el agua. El cauce está casi vacío.  Las compuertas están abiertas. Hay dos: una en el club Estudiantes y otra un poco más abajo en el puente peatonal de la calle Hornos. El arroyo es un hilo.  Parece manso.

Me acerco a las barandas. Las barrancas están limpias, con el pasto cortado. Miro hacia la ribera opuesta. El balneario.  Sobre una gran escalinata que se alza frente al arroyo hay un edificio blanco, inaugurado en  los años 50. Hoy lo llaman Casa del Bicentenario. Es una construcción grande, con paredes circulares, un salón oval, con dos columnas, escaleras de mármol que dan a dos terrazas y muchas ventanas donde entra luz y sol. Lo conozco bien porque voy a practicar yoga.

En mi niñez era el balneario  popular. Había dos clubes para ir en verano. Los que no eran socios venían acá. Desde la terraza de casa escuchaba el bullicio de las familias en el balneario. Pasaban el día bajo los árboles y se bañaban. En el medio del arroyo había un trampolín, a donde iban los más osados. Pero los que les querían ganar se tiraban desde la compuerta.

Había un restaurante que se llamaba Ajito. Hay una foto guardada en una caja. En la foto yo no aparezco, nací mucho después. Pero se ven a mis viejos jóvenes con tres chicos, mis hermanos mayores. Sentados en una mesa. Ellos elegantes, mis hermanos con sus trajes de pantalón corto. Mi mamá sonríe y mira a la cámara.

En invierno el balneario se vaciaba. Algún pescador, los chicos que jugábamos y un viejo alemán que se bañaba. El agua estaba muy fría en esa época, pero él se metía igual.

¿Sería todo así? Mis recuerdos se confunden.

Dejo de mirar la ribera de enfrente y vuelvo a la plaza. Hay una fuente de agua. Como hace calor varios chicos cruzan corriendo y se mojan. Repiten el juego una y otra vez. Escucho sus risas. Por los senderos anda un padre con sus hijos en roller.  Lamento no haber traído el equipo de mate.

Me siento en un banco. Miro el pasto donde estaba el pedregullo. Y recuerdo.  Este lugar es la tumba de un elefante. Me lo contó mi hermano más chico. El que siempre me peleaba. No le creí. Por qué él sabía algo y yo no. Recurrí a Mamá.  La perseguí con preguntas. Creo que no sabía las respuestas, pero yo era insistente.

Me interesó el elefante así que Investigué un poco  en El Lo sé  Todo.  Busqué y encontré  unos dibujos de elefantes con sus colmillos. Ahí me enteré de que los colmillos son valiosos.

Las puertas de casa estaban siempre sin llave. Ese día no había señal de televisión. Me fui a la plaza sin permiso. No me gustaba pedir permiso. Fui con una pala naranja que mamá había comprado para hacer jardinería. Éramos un grupito.  Les había contado del elefante. Todos en la plaza. Enorme. ¿Por dónde empezar? Cerca del monumento a San Martín no, dijo uno, porque ya excavaron y lo hubiesen sacado. Cerca de la bajada, dijo otro. No, es en el medio dije. Y yo había traído la pala.

Se hizo de noche, los chicos se fueron. Yo seguía con la pala, no había avanzado mucho cuando vino a buscarme, mi hermano. El mayor. Pepe.

– Vamos- dijo- es de noche.

-Pero no encontré nada todavía-.

-Ahí no está-dijo el

-¿Cómo sabes?-

-Porque yo también lo busqué.-